PALABRAS URGENTES DESDE LA ZONA CERO DE LA DANA
POR ISRAEL CHIRA
(FICCIÓN)
Pese a la catástrofe del 29 de octubre ocasionada por la dana, mi señora y yo, aunque vivimos a dos cuadras de un barranco del Poyo endemoniadamente desbordado, con excepción de la copiosa lluvia que se filtró a través de paredes y tejados y dejó muebles y enseres mojados, no hemos recibido el impacto directo de la riada (por suerte, vivimos en una cuesta pronunciada), inundaciones que sí se cebaron en cambio con numerosas viviendas, fincas, comercios, pasarelas, puentes, calles, coches, plazas, campos de cultivo, animales domésticos, animales de granja y, a la fecha (1 de noviembre de 2024), siete vidas humanas. Todavía hay un número indeterminado de desaparecidos.
A nivel comunitario, las víctimas mortales se elevan a 205, de acuerdo con los informes que, al mediodía, con el restablecimiento parcial de la electricidad (la compañía eléctrica ha instalado desde hoy grupos electrógenos para restablecer el suministro en esta zona), hemos podido conocer a través de la televisión, ya que carecíamos de pilas para una radio que encontramos, silenciosa y cubierta de polvo, en un ángulo oscuro del trastero. Curiosamente, cuando prendimos la tele y sintonizamos el telediario había una transmisión en vivo desde Paiporta: en medio de la devastación, la población indignada lanzaba improperios y barro a los reyes, al presidente del Gobierno y al presidente de la Generalitat. Mi mujer, que es valenciana, exclamó que en su vida había visto algo igual. En mi mente reverberaba —con los ojos clavados en la pantalla— la medieval historia del pueblo de Fuente Obejuna que Lope de Vega adaptó, dramatizó e inmortalizó en el teatro del Siglo de Oro, bajo el título Fuenteovejuna, obra que leíamos críticamente mis estudiantes y yo cuando era profesor de Literatura en mi país de origen.
Son días, pues, de angustia y desolación. Aquí, como en otros municipios de la provincia de Valencia, hemos estado sin luz, sin cobertura, sin gasolineras, sin supermercados, sin agua, sin alimentos. Hemos estado incomunicados, aislados, asustados. De hecho, nos hemos llegado a sentir abandonados. El Estado podía y debía estar presente desde el día uno de la tragedia y, sin embargo, recién hoy llega.
Con todo, le decía a mi esposa mientras comíamos unos platos fríos en la cocina, el temporal no solo nos ha mostrado de golpe sus fauces voraces, sino que también nos ha revelado algo importante sobre la condición humana. Más allá de la bajeza de algunos pillastres, que saquearon unos pocos comercios en medio de la desgracia, y de los «errores» gubernamentales o más bien —para decirlo sin eufemismos— de los juegos políticos entre el Gobierno nacional (de orientación progresista) y el Gobierno de la Generalitat Valenciana (de carácter conservador), quienes, culpándose unos a otros, tardaron varias horas en enviar el mensaje de alerta inmediata de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) a nuestros móviles (mensaje que hubiera salvado tantísimas vidas, si no se hubiese retrasado hasta las 20:11 horas), o demoraron cuatro días en solicitar u ordenar el despliegue de la Unidad Militar de Emergencia (UME) en la zona cero, hemos sido testigos —al margen de toda bajeza, decía— de la grandeza de un pueblo generoso y diverso, conformado por nacionales e inmigrantes, cristianos y musulmanes, africanos, chinos, indios, latinoamericanos... Un pueblo que, igualado por la catástrofe, se ha mostrado solidario en las peores circunstancias, poniendo el hombro, las manos, el corazón, cuando no los tractores y las herramientas agrarias necesarios para remover escombros y despejar las calles a falta del apoyo de las fuerzas armadas y de la maquinaria pesada estatal.
En tal sentido, a partir del miércoles 30, es decir, al día siguiente de las lluvias torrenciales y de los subsiguientes desbordamientos, hemos visto a nuestros vecinos intercambiando platos de comida caliente, legumbres, arroz, aceite, conservas, leche, zumo, pan, agua embotellada, pañales, velas... En una palabra, los hemos visto preocupándose unos por otros. Y desde el jueves 31, hemos visto salir a una multitud de personas como si fueran batallones de hormigas (hoy me pude sumar yo también, después de comer; a los 67 años, me siento con energía y vitalidad renovadas) que marchaban por las calles armadas de escobas, cubos y palas. Confieso que me llena de emoción y esperanza haber visto también a una gran cantidad de chavales trabajar a la par de sus mayores en esta jornada.
Hoy es el cuarto día, decía. Poco a poco, vamos saliendo del estado de conmoción, recuperándonos del zarpazo letal de la dana. Naturalmente, hay pesadumbre, consternación y dolor; sobre todo, por las desapariciones y muertes que enlutan a la comunidad y que se suman a los cuantiosos daños materiales.
Pero de esta caída, pienso yo, tenemos que levantarnos mejores y sacar al menos unas cuantas lecciones. Esto es lo que le dije a mi mujer después de la cena como si fuera un docente en un aula escolar. En primer lugar, todos —sin distinción de clase, país de origen, orientación de género, etcétera— debemos recordar que somos seres insignificantes y vulnerables ante los desastres naturales capaces de erosionar y derrumbar edificaciones y puentes, de arrastrar y destruir vidas y coches, de devastar y extinguir —como nos cuentan los libros de historia— pequeñas comunidades o grandes civilizaciones. Otra lección relevante: está demostrado, una vez más, que nadie se salva solo ante la debacle o la adversidad; esto es, ante los golpes certeros del destino. Puesto que vivimos en sociedad, la salvación será colectiva, creo yo, o no será. Una tercera enseñanza extraída de esta calamidad estribaría en reconocer que somos nosotros, las personas de clase trabajadora, nativas o de origen extranjero (por ejemplo, yo salí del Perú huyendo de la dictadura de Fujimori; por suerte, recibí asilo en España), quienes realmente empujamos y echamos a andar el país. Y, justo por eso, tenemos el deber y el derecho de exigirles a nuestras autoridades (al menos, hasta que esta democracia liberal sea superada por una democracia real y directa; es decir, la surgida de una revolución proletaria) que antepongan nuestros intereses a los de las élites económicas y políticas.
En fin, dicen que en la desgracia grande se ve lo mejor y lo peor de la gente. Tras la peor gota fría en la historia de la Comunidad Valenciana, mi mujer y yo elegimos quedarnos con lo mejor de la gente. Aquello que en estos días de trance hemos visto y vivido y que, sin duda, dejará huella y será motivo de orgullo e inspiración para la posteridad. (Entre paréntesis: ella me dice que cuelgue en las redes sociales un testimonio sobre lo acaecido. En un rato, quizá me anime a publicar estas palabras urgentes que golpeo en el ordenador). Y lo mejor de estos días es, en definitiva, ese conjunto de imágenes indelebles que ha dejado grabada en nuestras retinas la solidaridad encarnada, ese concepto vaporoso y esquivo cuya encarnación es milagrosa en las sociedades capitalistas contemporáneas.
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